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Una puerta al universo

De las casi siete mil millones de personas que habitan la Tierra, sólo 550 han viajado por el espacio. Jerry Ross, ingeniero y veterano del Cuerpo de Astronautas de la NASA, es una de ellas. Una vez al mes, en el Centro Espacial Kennedy, en la Costa Espacial de Florida, al este de Orlando, recibe con una sonrisa afable a niños y adultos que lo observan con admiración mientras él se sienta en una banca y se prepara para contar los pormenores de las 1.400 horas que vivió fuera del planeta, una gesta que le ha dado el título de ser el primer hombre que ha logrado completar siete misiones espaciales. “Es el lugar más oscuro, infinito y silencioso que pueda existir. El miedo se aplaca cuando se descubre la belleza del planeta en el que vivimos. Desde el espacio se ve la luz que irradia cada país y cada continente. Nada es más pequeño que el cuerpo humano. La Tierra revela toda su fragilidad. Allí nos damos cuenta de lo mucho que hay que protegerla”.

En ese instante, en el que Ross responde preguntas y desempolva algunos recuerdos, y millones de personas viajan en avión, duermen, van al trabajo o se bañan en el mar, allá arriba, a cientos de kilómetros, en la Estación Espacial Internacional, la nave más grande y compleja jamás construida, una tripulación de estadounidenses, rusos y japoneses realizan investigaciones y experimentos científicos en busca de nuevos hallazgos. “La Tierra nunca está sola. Durante los 365 días del año hay astronautas en el espacio. Aunque las misiones suelen durar entre una y dos semanas, el tiempo máximo que puede vivir el hombre fuera del planeta es seis meses”, explica Ross.

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Ese ambicioso plan trazado por el hombre para conocer los misterios del universo ahora está más cerca de todos. Viajeros de todas partes del mundo visitan el Complejo Espacial Kennedy (KSP por sus siglas en inglés) con el fin de ver con sus propios ojos la historia del programa que llevó al hombre a la Luna, puso satélites en órbita alrededor del planeta y envió sondas especiales para explorar el sistema solar.

Desde 2011 la sede de la NASA es el lugar donde se lanzan cohetes no tripulados, exploradores interplanetarios y satélites de comunicación. A lo largo de sus 56 mil hectáreas es posible ver e interactuar con distintas atracciones, transbordadores y cohetes. Desde la primera misión Apolo en 1967, con la que el mundo vio a Neil Armstrong convertirse en el primer hombre en realizar una caminata lunar, hasta los lanzamientos de los transbordadores Columbia, Challenger, Discovery, Atlantis y Endeavour, que llevaron a cabo 135 misiones, son algunos de los épicos momentos que se reviven a diario en este complejo.

Uno de sus principales atractivos es el Rocket Garden, un conjunto de cohetes diseñados originalmente para uso militar que fueron adaptados para el programa espacial de exploración pacífica. Sobre un área de 32 metros cuadrados se levanta el centro del transbordador Atlantis, donde narran la historia de esta nave que viajó 22 veces al espacio. Alrededor de este ‘abrecaminos’, más de 60 exhibiciones y simuladores de inmersión les permiten a los visitantes acercarse al entorno espacial.

A través del Shuttle Launch Experience pueden convertirse, en cuestión de segundos, en astronautas y experimentar los sonidos, las imágenes y sensaciones de un lanzamiento.

Luego, gracias a una pantalla de cinco pisos de altura con efectos tridimensionales, se logra apreciar las secuencias filmadas durante algunas misiones reales en las que los ‘ingenieros del espacio’ reparan telescopios y realizan experimentos fuera del transbordador.

En el corazón del Centro Espacial Kennedy está anclado el Salón de la Fama de los Astronautas de Estados Unidos. En este lugar los visitantes reciben un breve entrenamiento para conocer la rutina de los astronautas. Dentro de una réplica de una nave ejecutan las operaciones de comando emitidas por el Centro de Control de Misiones. La cabina, con capacidad para siete tripulantes, muestra los detalles de la vida de los caminantes del espacio. Durante las misiones reales, cada astronauta cuenta con una dieta especial a base de alimentos deshidratados. Todos los días realizan ejercicios especiales para evitar enfermedades musculares y óseas, y duermen entre cinco y seis horas diarias colgados de un gancho con cinturones para fijar el cuerpo a una de las paredes de la nave.

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Dentro de la galería de tesoros de este complejo se encuentra el Centro Apolo, donde se conserva el cohete Saturno V, que cuenta con más de 3,5 millones de piezas y mide 18 metros. A unos pocos kilómetros se abre paso el Centro de Control de Lanzamientos y el icónico edificio de Ensamblaje de Vehículos, donde se construyen las naves espaciales. Gracias a un transportador oruga, una máquina de grandes proporciones, se puede trasladar la estructura hasta la plataforma de lanzamiento. Cuando se despliega una misión, turistas y locales tienen la posibilidad de apreciar desde muy cerca el despegue de los cohetes.

Aunque cada año en el mundo se presentan cerca de 8.000 profesionales que aspiran a convertirse en astronautas de la NASA, solo siete logran cumplir su sueño. Ross, quien se considera bendecido por haber realizado nueve caminatas fuera de la Tierra, cree que en pocos años el turismo espacial será una realidad. “Es una experiencia tan hermosa que todo ser humano debería poder tener. Trabajamos en eso. Más allá de la aventura y del riesgo, salir del lugar al que pertenecemos es quizás la única forma de apreciar aquello que no valoramos, porque fuera de este marco azul, lo único que palpita es nuestro corazón.

Fuente: elespectador.com

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